Tuesday, August 28, 2007

addendum ciclístico


Antes que nada queremos agradecer a los fieles seguidores y comentaristas del blog, y pedirles disculpas porque nuestras intenciones de escribir mas seguido han sido bastante vanas, en parte por flojera (digamos que a veces tenemos cosas más urgentes que hacer) y en parte porque últimamente hemos tenido algunos problemas con nuestra conexión a internet (y, lamentablemente, los efímeros periodos de conexión y las ganas de “postear” nunca coincidieron). Y no es por falta de “aventuras” (como saben, el leit motiv de este sitio), más bien estas se empiezan a acumular en el tintero de nuestras mentes esperando la oportunidad más idónea de aparecer en pantalla… Así que por lo menos habrá blog para rato. Igual estamos tratando de mantener algún tipo de continuidad, aunque desde ahora nos proponemos postear notas más seguido, aunque sean cortas o sólo fotos. Tenemos algunas ideas y espero que se empiece a notar la diferencia en los próximos días.

Entonces, siguiendo este espíritu, y para cerrar el tema de los ciclomóviles que de alguna u otra manera han aparecido en los últimos dos posts, una breve nota sobre la foto de arriba. Esta historia ya se la conté a la María Isabel por e-mail, así que si quieres puedes dejar de leer aquí. La foto, como se pueden haber dado cuenta, muestra una animita versión Boston que está a pocas cuadras de nuestra casa, en Huntigton Ave, in memoriam de un estudiante de 23 años de la escuela de arte Mass Art que murió atropellado en bicicleta en ese lugar, y que corresponde a otra arista del tema del “pedestrian empowerment” y sus repercusiones en el auge del ciclismo y el odio de peatones y ciclistas hacia los automovilistas -agresivos y descuidados- y las ineficiencias del sistema de transporte público. La historia partió un poco antes de que nosotros llegáramos a la ciudad, el 4 de abril de este año, cuando un taxi le pegó en la rueda trasera a la bicicleta del estudiante, este perdió el control y terminó debajo de las ruedas de un camión.

Lo peor fue que casi un mes después, el 6 de mayo, a una amiga suya también ciclista empedernida, la atropellaron en una esquina y también se murió. Ahí parece que empezaron a aparecer estas bicicletas fantasmas conmemorativas, algunos artículos en los diarios por los dos accidentes fatales en un mes y un movimiento solidario entre los amigos vivos de ambos que los llevó a hacerse tatuajes en su honor (otra afición en común), grabar CDs con su música preferida, organizar un concierto en una iglesia y a la creación de una fundación para juntar plata y regalarle cascos a los ciclistas que no pueden o no quieren comprárselos (un bonito gesto, aunque tengo entendido que ambos accidentados iban con su casco reglamentario al momento de fallecer). Si quieren profundizar o hacer una donación, pueden entrar a http://www.hellmets.org/ . Los cascos, que como aun no juntan suficiente plata no son regalados, sino que se venden al costo, vienen con la inscripción HELL pintada por el lado, pero no con la intención de denotar infierno, sino la sigla de “Helping Everyone Live Longer”.

Saturday, August 18, 2007

Comprensen auto pericos!


En Boston los peatones se desplazan como amos y señores de las calles. Cruzan con toda tranquilidad en cualquier parte, muchas veces sin siquiera mirar si viene algo, como si vivieran en una época pre-Fordiana. Y a pesar de que los conductores son bastante agresivos y viven con el dedo pegado a la bocina, esta violencia está reservada exclusivamente para los demás automovilistas, siendo muy comunes los encerrones y virajes sin previa señalización, seguidos de frenazo, bocinazo prolongado e intercambio de insultos. Sin embargo, si es un peatón el que se atraviesa de improviso y sin ningún respaldo legal (llámese semáforo, paso de cebra o, por último, lomo de toro), el chofer detiene su auto y con santa paciencia espera que el impertinente y osado individuo termine de cruzar la calle/avenida/autopista sin bocinazo, ni improperios, ni siquiera una mala cara! La verdad es que para un santiaguino esto llega a ser algo casi milagroso, como un Moisés moderno que en vez de abrir el Mar Rojo, al levantar su vara detuviera el tráfico para poder cruzar. Pero no solo a pie se movilizan los bostonianos. Otro medio muy popular es la bici, especialmente entre aquellos con menos tiempo, más valor y mejor estado físico. Al igual que los peatones, los ciclistas también intentan imponer su presencia en esta jungla de cemento, y al parecer, tan mal no les ha ido. El domingo pasado nos tomamos el metro para ir a conocer el “Arnold Arboretum”, una especie de parque botánico de la Universidad de Harvard ubicado en el barrio de Jamaica Plain. Íbamos de lo mas tranquilos y cómodos en nuestros asientos cuando de repente se suben cuatro preadolescentes de color todos transpirados, acarreando cada uno su respectiva bicicleta, cuál más grande que la otra! Por suerte el metro iba bastante desocupado, pero como podrán imaginar, invadieron todo el pasillo del vagón, lo que no habría sido tan terrible si al menos se hubieran afirmado bien, pero las bicis eran tan grandes y ellos tan chicos que con cada frenazo y/o aceleración se desparramaban por todos lados, bici incluida. Nos pareció tan curioso el espectáculo que intentamos sacarles una foto, pero lamentablemente salió demasiado oscura… Después de un par de estaciones los Cosby kids (para los que se acuerden del ‘Gordo Alberto’…hey, hey hey!) se bajaron sin dejar víctimas fatales. (Después averiguamos que efectivamente es un derecho ciudadano subirse en bici al metro pero no en horas peak y no más de 2 bicis por vagón. Así es que técnicamente, en Boston es posible andar en dos medios de transporte diferentes al mismo tiempo). Al finalizar nuestro caluroso y decepcionante paseo por el arboretum decidimos ir a refrescarnos adivinen cómo…. Por supuesto!!!! Tomando un rico helado. Mientras caminábamos a J.P. Licks, la heladería favorita de los bostonianos (que entre sus sabores de agosto incluye “el diablo”, helado de chocolate con pimienta cayena), intentando cruzar la calle a mitad de cuadra (a donde fueres…), divisamos que a lo lejos se acercaba una nueva pandilla de ciclistas, esta vez compuesta por adultos caucásicos, todos vestidos de azul marino, con shorcitos, polera con cuello, casco y anteojos oscuros. Yo al principio pensé que se trataba de algún equipo de ciclistas profesionales entrenando para la próxima maratón o algo así….. y, bueno, tan equivocada no estaba, pues, ya más de cerca comprobamos que efectivamente eran ciclistas profesionales pero no de competición sino defensores de la ley y el orden! Lo mejor de todo fue que la veraniega patrulla policial se detuvo al frente de JP Licks, estacionaron sus relucientes vehículos no motorizados y entraron al local. Nosotros entramos detracito de ellos, pero en vez de presenciar un asalto a mano armada, un asesinato u otro tipo de acción criminal que atentara contra la paz ciudadana, los vimos a todos de lo mas ordenaditos haciendo la fila para comprar barquillos! Era realmente un espectáculo ver a esos seis grandulones con sus shorcitos y sus anteojos oscuros y sus pistolas comiendo helado como cabros chicos. Un verdadero “momento kodak” que no nos atrevimos a inmortalizar, aunque a juzgar por el orgullo y satisfacción que irradiaban los susodichos personajes, seguramente habrían accedido felices a posar ante la cámara si se lo hubiéramos pedido. De hecho, un niño que examinaba fascinado las poli-bicis fue interpelado por el primer paco que salió del local helado en mano pero no para ordenarle que mantuviera su distancia, como uno habría esperado, sino para explicarle con lujo de detalles todo sobre su “bike”, casi como si quisiera vendérsela. El niño escuchaba embobado, no había necesidad de preguntarle que quería ser cuando grande. Lo mejor de todo es que se notaba que conversaban “de igual a igual”…. Haciendo un poco de “research” nos enteramos de que habíamos tenido el honor de conocer a la “Mountain Bike Unit” del Depto. de Policía de Boston, que debutó en junio del 2005. Las bicis son marca Smith & Wesson (tal vez por la compra de la bici viene de regalo la pistola o viceversa), y vienen equipadas con luces azules, una luma en vez de bombín (que al parecer no necesitan porque las ruedas son a prueba de pinchazos) y una bocina que “supuestamente” imita el sonido de una sirena policial. Lamentablemente no tuvimos la suerte de escucharla pero leímos que causaba sensación, aunque al parecer no inspiraba mucho respeto. (Por si alguien se tienta, puede comprar una de estas “joyitas”en http://policebikestore.com/ pero no sé si el uniforme viene incluido…). El objetivo de la unidad cicletera es patrullar los barrios más violentos de la ciudad y sigilosamente sorprender a los maleantes in fraganti, gracias a lo silencioso de su medio de transporte. También son útiles para cuidar parques, estadios deportivos, conciertos y demás locaciones de difícil acceso para el automóvil. Lo curioso es que solo previenen o castigan los crímenes cometidos entre las 4pm y la medianoche, porque después de esa hora los barrios peligrosos se ponen “demasiado brígidos”. Según un artículo del Boston Globe los vecinos están contentos con la presencia de estos oficiales pedaleadores, pero opinan que si no se las dieran de cenicientos podrían ayudar mucho más a la comunidad. Pero quien podria condenarlos por no querer pasearse solos en bici por un barrio como La Legua a las 4 am en shorts y más encima con un barquillo en la mano?

Monday, August 6, 2007

Sudor y Helado


Vamos a tratar de escribir más seguido de ahora en adelante, y, para tener cierta regularidad, queremos asegurarles que vamos a postear aunque sea una foto el fin de semana para que haya alguna novedad los lunes. Así que, a falta de tiempo para redactar algunas anécdotas mas complejas que tenemos guardadas, les mostramos una foto del parque que está a dos cuadras de la casa (y a medio camino del hospital) donde se ve cómo la población de esta ciudad trata de mantenerse en forma, ya sea trotando, como el oriental medio pasado de peso con musculosa blanca, o pedaleando, como la veterana latina con su triciclo a juego con la ropa, o jugando a la pelota en la cancha de béisbol, como el trío de latinos que está atrás. Nosotros no hemos estado tan deportistas en los últimos días, y hoy decidimos pasar parte de nuestra tarde –un rato antes de tomar la foto- en una heladería en Cambridge (aunque no se preocupen: todavía no entramos en el sendero del ‘supersize-me’ e igual caminamos bastante el fin de semana). La elegida fue Ben & Jerry’s de Harvard Square. Esta es una cadena de helados que fundaron en los setentas un par de hippies de Vermont (donde parece que hay hartas vacas) después de hacer un curso de fabricación de helados por correspondencia, y después se hicieron famosos en todo el país por lo ingenioso de los nombres y sabores de los helados y por lo buena-onda (ayudan a varias organizaciones de beneficencia y hacen un día de barquillos gratis para su cumpleaños todos los años). Tan famosos que Unilever les compró la marca por muchos millones de dólares en el año 2000 y prometieron mantener la buena-onda. El 2001 a Ben, según la ya mencionada película Supersize-me, tuvieron que hacerle como 5 by-pass coronarios por comer tantos helados (aunque, si uno juzga por los maniquíes tamaño natural de los fundadores que hay en la tienda de Newbury St, no parecía estar tan gordo… Según lo que probamos en el Scooper-bowl (ver nota de hace algunas semanas), los helados están dentro de lo mejorcito que hay por acá, aunque en verdad hoy los elegimos solo porque pasamos por ahí cerca. Y descubrimos algo que cambió nuestra perspectiva… No sé si alguna vez lo comentamos en Chile, pero hace tiempo nos llamaba bastante la atención un helado “nuevo” (debe haber salido hace uno o dos años) de no nos acordamos si Savory o Bresler en sus líneas “Premium”, que traía chocolate en sus distintos colores y formas (helado, sólido y pasta) y que se llama ‘Chocolate Theraphy’, con ph final, es decir, creando una palabra inventada que se parece a therapy o terapia. Por meses esperamos una carta al Mercurio (del estilo de las surgidas por el Chile, all-ways surprising, aunque esa fue una polémica bastante fome en realidad) quejándose por lo vanos de los proyectos del bilingüismo que transmitía el ex ministro Bitar (aunque duró bien poco, así que quizás no fue tanto el esfuerzo), los males que generaba la Publicidad en el nivel cultural de la sociedad o simplemente riéndose de los fabricantes de helados por su error. Pues bien, hoy supimos que las razones pueden ser bastante más oscuras: en la pizarra de Ben & Jerry’s se anunciaba su sabor “Chocolate Therapy” seguido por la conocida sigla TM –trademark- en superscript. Puede ser que los tentáculos de esa patente hayan avivado las archi-conocidas viveza y falta de originalidad del chileno?? Si alguien tiene más información, nos encantaría saber. Lo peor es que no averiguamos si el helado se parece al chileno, porque, motivados por la sed que nos produjo el calor y la indigestión que nos suele producir la combinación de marketing con propiedad intelectual (ninguno muy fácil de tragar), nos conformamos con un smoothie de mango-piña-naranja-plátano. Life’s a Beach, se llamaba.

Wednesday, August 1, 2007

paseo a la playa


Cuando se vive en una ciudad no costera, ir a la playa se vuelve todo un acontecimiento. Hay que elegir la fecha, comprar pasaje/llenar el estanque, preparar el picnic, hacer la maleta/mochila, desempolvar los baldes, la carpa, el quitasol, el bikini, la toalla, el libro de turno, la cámara, las paletas, el bronceador…. sencillamente no hay cabida para la espontaneidad o la improvisación. Acá en cambio, la experiencia puede llegar a ser muy diferente. La nuestra comenzó cuando fuimos a conocer el Eastside de Boston, donde se asienta el infaltable barrio latino. (comentario de Jc: Lo entretenido es que se puede ir en Metro a través de la línea azul que se llama así porque va por un túnel submarino que tiene más de cien años y que al principio era para carretas y carros de sangre). A la salida del túnel, pudimos comprobar que, efectivamente, nuestra lengua materna reinaba en gloria y majestad. Decidimos almorzar en una especie de picada colombiana, un lugar tranquilo y acogedor (no como el primero que nos tincó, que por fuera parecía un restorán casero y por dentro resultó ser una especie de bar de mala muerte pasado a cerveza y repleto de intimidantes individuos que, al entrar nosotros, se dieron vuelta al unísono y nos lanzaron miradas furibundas… yo juraría que hasta escuché los “clics” de los gatillos). Una vez instalados en el luminoso y aireado y familiar “Mi Rancho” yo pasé el susto con un rico “muchacho relleno” (parecido a un pollo ganso, esa carne redonda y sin grasa que se deshilacha, relleno con verduras) y Jc, a pesar de no haberse asustado tanto, igual se devoró unas tostadas de patacones con carne “desmechada” y un plátano al horno relleno con queso paisa. Después de eso, aprovechando que no era tan tarde, que el día estaba soleado y que estábamos a mitad de camino, decidimos ir de paseo a la playa, así de repente, sin traje de baño, ni libro, ni flotador… Teníamos dos opciones: ir en metro (es decir, caminar un par de cuadras hasta la estación) o ir en micro (y caminar un par de pasos hasta el paradero). Nos decidimos por lo último, no tanto por flojera o por lo repletos que estábamos, sino porque pensamos que al irnos por la superficie podríamos ir mirando el paisaje. La cosa es que, para variar, tuvimos que esperar la famosa micro playera como 40 mins a todo sol. Además, se fue a 2 kms por hora, paró en toooodas las esquinas, se repletó de gente y como si esto fuera poco, el paisaje era horrible! Se fue por un camino interior pasando por puras calles comerciales tipo patronato y de la playa, ni pizca! Para rematar, cuando después de una hora de viaje logramos llegar a nuestro ansiado destino, la estación terminal, se puso a llover a cántaros! Así es que decidimos tomarnos el metro de vuelta sin siquiera haber visto el mar (Jc me corrige: la verdad es que sí pudimos ver el mar desde la micro, pero de la playa propiamente tal, ni pizca!). Sin embargo, todo parecía indicar que la increíble leyenda del balneario al que se puede llegar en metro era cierta, pues a la vuelta el vagón iba repleto de mojados y enarenados veraneantes que volvían a sus casas en traje de baño, con toallas y baldes y canastos de picnic (entre ellos, un grupo de jóvenes españoles… últimamente ha habido una invasión de habitantes de la madre patria). Y así terminó el primer intento. El segundo, hay que admitirlo, fue un poco más premeditado. Motivados por un concurso de castillos de arena, esta vez partimos antes de almuerzo, llevamos la cámara (aunque se nos olvidó el traje de baño) y nos fuimos en metro, siguiendo las instrucciones que aparecen en Internet: Directions: Take the Blue Line to Revere Beach or Wonderland Stations. Cross the street to the beach. Así es que justo eso hicimos, nos bajamos en Revere Beach Station, cruzamos la calle y oh, milagro! Apareció frente a nosotros en todo su esplendor el famoso balneario, primera playa pública en la historia de USA que abrió “sus puertas” en 1896 para aliviar a todos los acalorados bostonianos. El sol estaba radiante y no se había anunciado ningún thunderstorm weather alert (aunque acá nunca se sabe… y habría sido fatal para el concurso). La playa en sí misma no tiene nada especial, es una franja larga tipo La Serena, con arena blanca, cero vegetación, y agua bastante fría… la verdad es que yo la encontré pintoresca pero más bien fea. Estaba, como era de esperar, lleno de gente, toda apiñada en el sector donde se concentraba la “acción”: las esculturas de arena, la música, un mini escenario, el animador que anunciaba los ganadores por micrófono… Lo que brillaba por su ausencia: kioscos, paletas, pan de huevo, avioncitos pa los regalones (en pocas palabras, vendedores ambulantes) y lo más raro de todo, quitasoles!!! (no se les habrá ocurrido aún?). Las esculturas de arena eran bastante impresionantes, súper profesionales, cómo sería que hasta tenían patrocinadores y todo, pero nos decepcionamos un poco cuando descubrimos que estaban hechas con soportes de metal por dentro. La que más nos gustó fue una de Elvis, que les mostramos arriba, pero parece que no se ganó ningún premio. El público era bastante variado, pero llamaba la atención la relativa ausencia de orientales (parece que se toman muy en serio lo de los efectos dañinos del sol). Jc agrega que destacaba especialmente el gringo rucio rojo-como-pancora, y la gorda mal-hablada (habíamos comentado que acá son bien gritones?) tratando de arrear los cabros chicos y al marido (i.e, gritándole al enano y a quien quisiera escuchar: “where is your f***ing father!!!!), por supuesto mezclado con toda la variedad de tonos de café que se ven por acá (tanto índicos como arábicos como hispánicos como africánicos). Esta playa estuvo de moda hace más de cien años, y parece que su evolución fue media cartaginesa… Lo otro que destacaba eran los aviones (de verdad) “al alcance de la mano”, porque está cerca del aeropuerto y se ve cuando van bajando para aterrizar….. (acá termina el aporte de Jc). Después de una corta caminata por la orilla del mar, (durante la cual sentí que se me derretía el cerebro), cruzamos nuevamente la calle, esta vez en sentido contrario, y nos comimos unos sanguchitos en un local de comida rápida griega (submarinos de tuna salad y seafood salad –es decir atún o kanikama con mayo + lechuga y tomate-, aprovechando el aire marino) . Después nuevamente al metro y en media hora ya estábamos en la casita! Tal vez el tercer intento sea finalmente con traje de baño y chapuzón.