Wednesday, October 17, 2007

por la patria, Dios, la Sed y la calor...


Las prioridades están claras en Centralville, un barrio de Lowell, Massachusetts, epicentro de la revolución industrial de Nueva Inglaterra en el siglo XIX. Originalmente un barrio "francés" por los inmigrantes canadienses del Quebec que llegaban a trabajar a las hilanderías, actualmente se considera "multicultural", con predominancia de hispánicos y brasileros. Frente al local de la foto había una oficina de la Lowell Police con todo el vidrio quebrado por un piedrazo (intentamos sacarle una foto, pero la luz no acompañaba)....

Friday, October 5, 2007

empanadas, celebridades y paramedicos

Cuando en mayo conocí a la primera chilena residente en Boston con quien nos habían contactado desde Chile (la señora del sobrino de la señora de un hermano de mi mamá), lo primero que me mencionó fue el tradicional asado del 18 de septiembre organizado por “chilenos en Boston”, una agrupación de estudiantes de postgrado de Harvard y MIT. Pasaron los meses, se fue el verano, llegó el otoño (o casi) y con él, el mes de la patria. A través de la misma chilena antes mencionada nos enteramos de la fecha, hora y lugar en que se llevaría a cabo la celebración: sábado 22 de septiembre (aunque ustedes no lo crean, acá el 18 no es feriado) de 12 a 6pm en el número 34 de Peabody Terrace, Cambridge. A nosotros la fecha nos pareció de lo más conveniente, pero luego nos enteramos de que ese mismo día se celebraba Yom Kippur (el día del perdón o del ayuno), lo que obstaculizó la asistencia de algunos compatriotas. Como siempre, un poco de trivia: el Peabody Terrace es un grupo de tres edificios que construyó el arquitecto catalán Josep Lluís Sert (1902-1983) en los años 60 a pedido de la esposa del rector de Harvard para que vivieran allí los alumnos casados. Al parecer, en su época fue considerado muy moderno (Sert trabajó un tiempo con Le Corbusier) pero ahora todo el mundo lo encuentra horrible (para los curiosos: http://www.amacad.org/publications/bulletin/summer2004/campbell.pdf ). Volviendo al chilean megaevento: las entradas costaban $23 en la puerta pero se podían comprar anticipadamente por Internet y salía un poco más barato ($17). Obviamente nosotros hicimos lo segundo. Llegamos al asado pasadito la 1pm y como buenos descendientes del desastre de Rancagua, nuestras expectativas eran bastante bajas. De hecho, yo incluso pensé almorzar antes de salir por si resultaba ser de esos asados juveniles en que la parrilla se usa solo para chambrear el vino y quemar los vasos plásticos piscoleros. Pero qué equivocada estaba!.... Fuimos recibidos muy atentamente por una compatriota del comité organizador muy escotada que buscó nuestros nombres en una lista para ver si era verdad que habíamos pagado y después nos dijo que eligiéramos un número para la rifa de los 2 pasajes a Chilito con que Lan se había rajado (se imaginarán el nivel de contactos de los organizadores). En el mismo instante en que Jc y yo buscábamos nuestros números de la suerte apareció flamante en una polera Lacoste naranja (preparándose para halloween?) nada menos que el rugbista-periodista Fernando Paulsen! Nosotros sabíamos que estaba viviendo acá y supusimos que debido a su oficio lo más probable era que estuviera al tanto del evento. Por lo tanto era posible que apareciera pero, nuevamente, no le teníamos mucha fe. Y nuevamente nos equivocamos. No solo llegó sino que debido a la coincidencia espacio-temporal y a la influencia del generoso escote de la hostess (que fue saludada muy afectuosamente por el célebre periodista) a nosotros también nos tocó saludo. Primero le dio la mano a Jc y cuando se dirigió hacia mí, yo también estiré la mano! No sé si por la emoción o porque ya me estoy habituando al estilo gringo…. la cosa es que él no se dejó intimidar por mi frío y distante gesto sino que ignorando mi brazo estirado se acercó y me saludó de beso! Y hablando de celebridades, también andaba circulando por ahí Vanessa Reiss (otra periodista cuarentona no tan famosa, que hacía el programa “Acoso Textual”, por si alguien la ubica). Siguiendo con los acontecimientos, hay que reconocer que el asado no dejó nada que desear… Al parecer, los organizadores se rigieron por el slogan “que no se note pobreza” acompañado probablemente de “que nadie salga pelando” (seguro que el 90% de los asistentes tiene un blog parecido al nuestro donde el asado va a ser tema obligado). A la entrada te hacían ponerte una de esas clásicas y pernísimas calcomanías con tu nombre, seguramente con el objetivo de facilitar los reencuentros y promover futuros contactos amistosos y/o político-comerciales entre los compatriotas temporalmente exiliados. Y efectivamente, todo el mundo se miraba con cara “escrutinizadora” (la real academia dice que esta palabra no existe pero no se me ocurre otra), entrecerrando los ojos como los miopes cuando tratan de enfocar sin anteojos, tratando de descubrir si les eras caras conocida y de recordar dónde/cuándo/por qué te podrían haber visto antes. Yo no tuve la suerte de vivir ninguno de estos emotivos reencuentros (parece que tengo que ampliar mis redes sociales) pero Jc sí interactuó con varios científicos, la expolola de un amigo y un profesor de piano/bailarín que conocía de antes, así es que tan mal no quedamos. Y ahora el tema central: la comida. Con la entrada tenías derecho a una única empanada de pino (no supimos de dónde las habían sacado, tal vez las habían hecho las señoras de los organizadoras y por eso estaban racionadas) pero todo lo demás estaba incluido y en cantidades ilimitadas. Había pisco (infaltable) y cervezas, bebidas normales y diet, jugos, variados choripanes, salchichas, pan, ensaladas y kilos y kilos de carne! Para que vean que no exagero: una alumna de medicina alemana que conocimos estaba tan impresionada que hasta le sacó fotos a la parrilla! Decía que nunca en su vida había visto tanta carne junta. Después del opíparo almuerzo (que en realidad duró toda la tarde pues la carne nunca se acabó) se dio inicio a los juegos y concursos para entretener al público asistente. Lo primero fue una tradicional competencia de gallitos. Entre los que se animaron a competir estaba un interno de séptimo de medicina de la PUC que nosotros conocimos a través de la Kiki, la becada de neurología amiga de Jc que estuvo acá dos meses paseando por algunos hospitales locales. El susodicho interno (que también había venido junto con otro compañero por uno o dos meses a hacer una pasada por cirugía como parte de su internado) no era ningún alfeñique; más bien al contrario, era alto y bastante fornido. Mientras se llevaba a cabo el desplante de fuerza masculina, yo me acordé de una escena de la película “La Mosca” de David Cronenberg en la que el protagonista, que ha adquirido fuerza sobrehumana producto de su metamorfosis, le hace un gallito a un guatón gigante y le rompe el brazo. (Para los morbosos: http://www.youtube.com/watch?v=Gs0fGt_Gzbk) Bueno, podrán imaginarse lo que sigue…. No pasaron ni 5 minutos entre mi fatídica remembranza fílmica (que obviamente compartí con los que estaban a mi alrededor, así es que hay testigos que pueden acreditarla) y el escalofriante “crack” que según los que estaban en primera fila salió del interior del brazo del interno en unos de los muñequeos. Gracias al profesionalismo de la Kiki (nuestra reportera gráfica oficial) quien cámara en mano y ojo en lente esperaba atenta el instante de la victoria del interno para inmortalizarlo, tenemos ahora inmortalizado el instante mismo de la dolorosa derrota, donde puede apreciarse la sorpresa en la cara del interno, la incredulidad en la del contrincante y el horror en la de los espectadores. Después de los segundos en que todo se paraliza por el impacto, ocurrió lo que ocurre siempre en estas situaciones: todo el mundo rodeó al accidentado tratando de ayudar, mirar, entender, opinar, informarse e informar. Pararon la música y se escuchó el clásico: “hay algún médico presente” por el micrófono (pues había escenario y animador). Médicos había varios, pero no era mucho lo que podían hacer… La Kiki y Jc lo examinaron y se hicieron una idea no muy positiva cuando le dijeron que levantara el brazo y solo se le movía del codo para arriba… Así es que le pusieron bolsas de hielo y alguien llamó al famosísimo “911” pidiendo una ambulancia. Parece que el que llamó fue un guardia rapado con pinta de neonazi que apareció de la nada -cual chapulín colorado- y que lo único que hizo fue repetir “back off!” mientras mascaba chicle. Al poco rato llegó la ambulancia y los paramédicos le inyectaron morfina al interno (que se portó como todo un hombre pues no emitió ni el más mínimo quejido, aunque por su cara era evidente que le dolía bastante), le inmovilizaron el brazo y se lo llevaron en camilla, mientras todos los presentes aplaudían dándole ánimos al herido (no mencionaré nombres para proteger a los involucrados) que instantáneamente se transformó en el niño símbolo del asado. Luego hubo jazz en vivo a cargo de un grupo en que tocaba Pancho Molina (el ex baterista de Los Tres) seguido de las infaltables cuecas, que fueron pocas, pero bien bailadas. Y por último, lo que todos esperábamos: la rifa de los pasajes. Esta fue bastante polémica, porque el afortunado ganador resultó ser un biólogo de la Chile que había llegado a Boston hacía a penas un mes y le quedaban solo tres más para partir de vuelta a la patria! Así es que todos los que manejaban esta información lo empezaron a pifiar y a gritarle que devolviera los pasajes, cosa que obviamente no hizo. Después rifaron unos vinos (que al parecer eran los premios para el trágico gallito) y Jc se ganó uno! De una forma retorcida salimos beneficiados gracias al accidente del pobre interno, el que finalmente resultó con el húmero fracturado y necesitando cirugía por lo que se tuvo que volver a Chile tres semanas antes de lo previsto. Por lo menos, entre tanta tragedia, Jc encontró un paper con más casos descritos de fractura por gallito y le sugirió al accidentado que publicara el suyo. El interno se puso feliz con la idea y ahora casi se alegra de lo que le pasó.

Al final del asado se nos pidió amablemente que recogiéramos los papeles del suelo y con eso se dio por concluido el evento. No sabemos si gracias a las calcomanías o a nuestra simpatía natural, con Jc terminamos celebrando en un local mexicano en Harvard Square junto al feliz ganador -que había ofrecido invitar la primera ronda de tragos- y su heterogéneo grupo de amigos, el cual incluía tres chilenos, una catalana y un ingeniero nigeriano de cuarenta y tantos, negro como el carbón. Este último, apodado “Lucho” debido a la impronunciabilidad de su nombre real, era un gordito risueño “con debilidad por las mujeres asiáticas” (cita textual). Contaba emocionado que lo había pasado tan bien en el asado porque la comida, la música y los bailes lo hicieron sentirse de vuelta en su país natal.