Después de toda una vida de despotricar contra el fútbol, los futbolistas y los futboleros, me encontré de pronto sentada frente a una tele gigante en la que un grupo de hombres muy poco agraciados y en pijama trataban de pegarle a una pelotita con la misma herramienta mortal que usara Aarón Vásquez aquella fatídica noche sobre el puente Pedro de Valdivia. ¿Cómo terminamos involucrados en semejante situación? Es lo que le pasa a uno por escupir al cielo, lo que, como todos sabemos, no es sabio, ni digno, ni elegante. En fin, volviendo a los hechos: me imagino que no muchos de ustedes se enteraron de que hace poco fue la final del “World Series”, el campeonato nacional de béisbol (nótese la sutil indirecta: USA = World). El equipo local, los Boston Red Sox, también conocidos como “los medias rojas”, es uno de los más antiguos de EEUU. Fue fundado en 1901 y hasta 1918 vivió una época dorada repleta de triunfos, logrados en gran parte gracias al famoso George “Babe” Ruth. Sin embargo, en 1920 el dueño del equipo cometió el peor error de su vida, error que cambiaría para siempre la historia de los Sox en particular y del baseball en general: decidió vender a su jugador estrella, el cual fue adquirido nada menos que por sus archienemigos, los New York Yankees. Cuenta nuestra fiel (aunque no siempre confiable) Wikipaedia que luego de la infame transacción los Medias nunca más volvieron a saber de victorias. Analizando la situación se concluyó -muy lógica y científicamente- que el culpable de todo era el propio Ruth que, en venganza, le había lanzado un maleficio a su ex equipo. (Y uno de puro ignorante habría pensado que la culpa era de los jugadores o del entrenador). Babe resultó ser un hombre extremadamente rencoroso, pues “la maldición del Bambino” duró el breve periodo de 86 años, superando ampliamente al del cometa Halley. Al parecer Ruth consideró que ocho décadas de mala racha era castigo suficiente (o simplemente se aburrió de penar a su ex equipo desde el más allá) y permitió que los desdichados Sox lograran nuevamente salir campeones en el 2004. Podrán imaginar el calibre de la celebración: la ciudad entera salió a la calle, la gente brindaba, lloraba y se abrazaba, el tráfico se paralizó y los ancianos exclamaban dichosos que por fin podían morir en paz. Y para ponerle más color al asunto, dicen que justo la noche del triunfo hubo un eclipse lunar total. En fin, cosas del béisbol… Después de esta interesantísima nota histórico-introductoria, volvamos a la escena del sofá y la tele gigante: ambos se encontraban al interior del depto de mi alumno Michael, un abogado-surfista californiano al que le hago clases particulares de castellano. El, muy amistosamente nos invitó a ver “uno” de los partidos de la final del World Series (que curiosamente pueden llegar a ser hasta siete) entre los Sox y los “Rockies” de Colorado. Como no teníamos nada mejor que hacer y el alumno vive a 3 cuadras de nosotros, aceptamos. Fue una experiencia bastante fome pero de alto valor sociológico. Entre los invitados estaba el vecino de arriba, unos compañeros de trabajo y sus amigos del grupo de poker. Estos últimos parecían ser la versión adulto-joven de los chicos taquilleros del equipo de fútbol americano de las películas, pero con la diferencia de que estos cool kids no terminaron trabajando en una bomba de bencina mientras los nerds se hacían millonarios construyendo empresas de computación, sino que también les dio el mate para ir a la universidad y convertirse en profesionales exitosos. Lo que no implica que hayan dejado atrás el gusto por la actividad física. En el rato que estuvimos ahí nos enteramos de que practicaban surf, natación, basket, waterpolo, tenis y, obviamente, todo alternado con religiosas visitas al gimnasio. Suena exagerado pero su abultada musculatura apoyaba sus palabras. Obtuvimos toda esta información gracias a que los partidos de béisbol son e-ter-nos, lo que permite que el público se pare, circule, vaya al baño, converse, se alimente y calme su sed (harto más agradable que ver fútbol, en que hasta para toser hay que esperar el medio tiempo). De hecho, interrumpen la transmisión con comerciales cada cinco minutos. Esto mismo pasa en el estadio y tan relajados son que algunos llegan una o dos horas tarde y/o se van antes de que se acabe el partido, como hicieron casi todos los invitados de Michael, incluidos nosotros. En uno de estos ires y venires nuestro anfitrión nos pidió que pasáramos al comedor a buscar un plato de “jambalaya”, la versión cajun (pronúnciese “kéiyun”) de la paella, que había preparado especialmente para la ocasión. Después de servirse había que volver con el plato plástico de vuelta al sillón frente a la tele gigante para disfrutar de la comida y del deporte simultáneamente, pero al menos para mí esto fue imposible. ¿Cómo puede alguien ingerir sus alimentos frente a constantes close-ups de todos los jugadores escupiendo como enajenados cada 5 segundos? Realmente asqueroso. Yo pensé que lo de los escupitajos era una leyenda urbana pero es cierto. Parece que hace mucho tiempo a alguien se le ocurrió que mascar tabaco aumentaba la “performance” durante el juego, cosa que ahora se ha desmentido. Incluso hay campañas que advierten que es igual de peligroso que fumar, y sin ir mas lejos, el ya mencionado Babe Ruth murió a los 52 años de cáncer orofaríngeo (tal vez como venganza por su maldición?). Tampoco ayuda mucho a estimular el apetito la apariencia de los beisbolistas. No quiero sonar superficial, pero estos hombres tienen muy pero muy mala pinta: feos, sucios y con cara de pandilleros, del tipo que uno ve de noche y le entrega la billetera antes de que alcance a pedirla. Por si fuera poco, hay varios bastante entraditos en carnes y con su piyamesco uniforme lucen las poncheras en todo su esplendor. Este es el caso de la estrella del equipo, David “Papi” Ortiz. “Papi” es un negro dominicano gigante y guatón con los dientes separados y de mirada neanderthalesca que corre dos pasos y queda con la lengua afuera. Pero en el béisbol el estado físico es lo de menos, lo importante es tener bíceps de acero para tirar la pelotita lo más lejos posible y hacer muchos home runs, alias “jonrones”. La otra estrella del equipo es Manuel Arístides alias “Manny” Ramírez, también dominicano. Manny tiene mejor pinta que su compatriota Papi: típica cara de latino, un poco más esbelto y al menos en apariencia, un CI más elevado. Luce orgullosamente una mata de dreadlocks o rastas que fueron tema de conversación entre los invitados. Uno de ellos se preguntaba si serían verdaderos o falsos, pero se llegó a la conclusión de que con la plata que gana se habría mandado a hacer unas extensiones de mejor calidad. Aparte del peinado, parece que Manny es todo un personaje. En wiki pueden encontrarse largas listas de sus anécdotas, como cuando en una barrida se le perdió un aro de diamante y al final del partido tuvieron que rastrillar toda la cancha buscándolo (encontraron el enchapado pero no el diamante), o cuando exigió que cada vez que le tocara batear le pusieran no se qué canción con letra “explicíta” por los altoparlantes del estadio, o cuando dijo que no podía jugar porque estaba con faringitis y después lo pillaron tomando cerveza en el bar del Hotel Ritz Carlton (donde vive) con un amigo de los Yankees. Cómo será que hasta le inventaron un dicho: cuando hace una de sus gracias la gente dice “It’s just Manny being Manny”. Y él lo encontró tan genial que mandó a hacer poleras con la frase. Pero el jugador mas determinante en la victoria de este año fue Daisuke Matsuzaka (cariñosamente apodado “Dice K”, pronúnciese “dais key”) un pitcher made in Japan al que le pagaron la módica suma de 52 millones de dólares por un contrato de 6 años. (Sería interesante saber cuánto gana el futbolista mejor pagado de Chile para poder comparar, si algún lector maneja esta información podría agregarlo en los comentarios). Además de los ya mencionados, también batean para los Sox los pintorescamente apodados “Dustin Pedrosa”, “Coco Crisp” y “Wily Mo Peña”. Aunque me hacen mucha gracia estos nombres, admito que probablemente no superan a nuestros “Brad Pitt Acuña” o al famoso “7 pulmones Puebla”, que según supe admitió tener solo uno como todo el mundo. (A propósito de sobrenombres, les recomiendo un blog en el que un ocioso hizo una lista de sobrenombres de futbolistas chilenos y los clasificó en distintas categorías: http://ferloa.blogspot.com/2006/09/apodos-alias-motes-s.html). Dejando de lado lo antiestético y anticarreño de este deporte, hay que destacar su aspecto positivo: a pesar de que igual existen las inevitables rencillas con fanáticos de otros equipos, sobre todo con los Yankees (como cuando dos tipos se agarraron a combos en un bar de New York y como uno de ellos tenía puesto un jockey de los Red Sox todos pensaron que el motivo de la trifulca había sido la rivalidad deportiva y tan publicitado fue el acontecimiento que los Sox emocionados le mandaron unas entradas al estadio como premio a su lealtad para descubrir después que el deporte no había tenido nada que ver sino que todo fue una vulgar pelea de curaditos). (Hay que mencionar eso sí que el equipo no pidió que devolviera las entradas, total, al menos tenía puesto el jockey), a pesar de esto, a toda la ciudad le gusta el mismo equipo, lo que crea un vínculo de fraternal amistad entre los ciudadanos, independiente de la raza, nacionalidad, edad o condición social. Esto evita la infame “violencia en los estadios” y las a veces mortales riñas callejeras, de las que nos hemos enterado por lun.com.
Y volviendo por última vez a la escena del sillón y la tele gigante y los adefesios en pijama, les cuento que cuando estábamos ya retirándonos del carrete deportivo, los invitados gringos nos explicaron que habíamos tenido muy mala suerte porque los Sox le habían ganado tan fácilmente a los Rockies que el partido había sido una lata (Chile vs Brazil?). Pero no sé por qué