“¿Qué echan de menos de Chile?” es una de las clásicas preguntas entre coterráneos exiliados y la mayoría de las veces se refiere al ámbito gastronómico. Los primeros meses uno no sabe mucho que responder, tanta cosa rica nueva que probar produce tal deslumbramiento que deja poco espacio para la nostalgia. Pero para no quedar como antipatriota, lo más fácil es recurrir a los clásicos: el sanenús (o como se escriba), los súper 8, las negritas, el ave palta, el calugón pelayo, las chirimoyas, el pisco sour… cualquier cosa que acá no haya. Sin embargo, desde septiembre mi respuesta se volvió sincera, instantánea e invariable: “la torta de milhojas”. Y de tanto invocarla de palabra y pensamiento el antojo se volvió obsesión y empecé a considerar seriamente hacer una yo misma. Así es que cuando mi alumno Michael me preguntó con qué postre podíamos colaborar para la cena de thanksgiving a la que amablemente nos había invitado, a nadie ha de sorprender que mi primera y monosináptica reacción fuera exclamar: “a thousand layer cake!”. Y con esta irresponsable respuesta comenzó nuestra aventura del día del agradecimiento. En estricto rigor el inicio de la historia se remonta varios meses atrás cuando no sé por qué extraña asociación de ideas El Alumno me comentó que para Thanksgiving (cuarto jueves de noviembre) haría una cena en su casa a la cual estábamos cordialmente invitados. Como esto ocurrió a mediados de Agosto, yo agradecí su gentil gesto con fingido entusiasmo y disimulada incredulidad, pensando que hasta las promesas de Hillary, Barack y Giuliani combinadas me inspiraban más confianza. Después de la amenaza inicial siguieron leves recordatorios mensuales hasta que, finalmente, llegó el penúltimo mes del año (noviembre) y con él la flamante invitación oficial por medio de una tarjeta virtual del popular sitio http://www.evite.com/ (léase “ívait”). No sé si ya habrá en Chile algo parecido, pero acá está de última moda. Funciona de la siguiente manera: primero se diseña la ecard, la cual puede incluir hasta un mapa del evento. Luego se copian las email addresses de los afortunados y se envían las invitaciones. Los invitados deben entonces responder si asistirán o no, si van a llevar algo y si necesitan que alguien los acarree. Esta info está disponible online para todos los involucrados, lo cual es muy útil para evitar encuentros incómodos con expololos, exjefes, examigos, etc. Y bueno, volvamos al momento del exabrupto. Como era de esperar, cuando la euforia de imaginar esas miles de capas dulces y crujientes deshaciéndose en mi boca dio paso al agobio de imaginar esas miles de capas siendo amasadas por mis enclenques brazos, empecé a reconsiderar mi ofrecimiento. Y mientras más lo pensaba, mas tirada de las mechas me parecía la idea. Decidí entonces que no valía la pena complicarse tanto la vida y que lo mejor sería preparar algo más fácil, o mejor aún, comprar algo hecho. Y cuando estaba felicitándome a mí misma por haber recuperado la cordura, recibimos el siguiente mail de El Alumno:
Well friends,
People have asked what they could bring. I decided the easiest thing for everyone, would be for the guy with the oven to take care of all the cooking, and to ask my guests to bring a bottle or two of wine with them. Sophie has offered to bring appetizers, and Maria Luisa is making a Chilean thousand layer cake. (…)
¡Horror! ¿Cómo íbamos a llegar con unos brownies o un pie de manzana de Shaws (equivalente al Líder) ahora que todos los invitados estarían esperando un exótico postre sudaca? En resumen: por la boca muere el pez. Ya no quedaba otra que aperrar y tratar de dejar a la patria lo mejor parada posible. Así comenzó la odisea. Lo más fácil fue conseguir la receta. Debo explicar que gran parte de este sueño de la torta propia tiene su origen en dulces recuerdos de mi infancia en Caracas, en los que en color sepia aparece mi santa madre fabricando una de estas tortas con la ayuda de sus 4 retoños, probablemente para celebrar el cumpleaños de algún miembro de la familia. Y todos los involucrados en el proceso se ven tan felices y sonrientes que no es raro que mi mente haya concluido que lo primero era la causa de lo segundo (en otras palabras: hacer torta de milhojas = felicidad). Así es que vía mail obtuve la mismísima receta de su amiga la Loreto Robles, que mi mamá usaba en aquellos locos años 80. Lo segundo fue conseguir “el ingrediente secreto” (alias manjar). Con Jc habíamos descubierto un par de minimarkets latinos que vendían nada menos que el único grande y nuestro manjar La Lechera-Nestlé, made in Chile, con la única diferencia de que en la etiqueta de la versión internacional aparecen todos los seudónimos: dulce de leche/arequipe/cajeta/ caramel. Uno de estos sucuchos queda cerca de la casa así es que me confié y dejé la compra de lo más imprescindible para el día antes de la cena. Grave error. “El Quijote” me mandó una estocada por la espalda. Recorrí tres veces cada pasillo y ni sombra de la señorita holandesa. Cuando finalmente logré que el dueño entendiera lo que estaba buscando (pues ser hispánico no asegura intersección cultural) me dijo que se había agotado y se le había olvidado encargar más…. Pero bueno, no todo estaba perdido. Como vivimos muy cerca de “Villa Victoria”, un barrio latino cuya historia les contará Jc más adelante, la zona está llena de negocitos de dueños hispánicos. Así es que después de “El Quijote” visité “Los Morales”, “Aguadilla”, “Tremont Market” y nada. Tratando de mantener la calma decidí probar suerte con otras etnias de los alrededores, pero ni el indio de enfrente de la casa ni el etiope de dos cuadras más allá pudieron ayudarme. ¡Que frustración! Al final me vi obligada a recurrir a una medida desesperada: usar dulce de leche argentino. Lo habíamos visto hacía tiempo en Wholefoods, el supermercado que queda al frente de nuestra ex casa, famoso por su onda eco-orgánica chic (¿dónde mas iban a vender productos trasandinos?). Así es que con el dolor de mi alma compré los dos únicos frascos que había, los cuales estaban casi inalcanzables en la repisa más alta de un estante, llenos de polvo (me tinca que al manager también se le va a olvidar encargar más). En fin, fue un acto humillante pero tranquilizador. La tercera etapa fue conseguir un uslero. Con esto tuve peor suerte todavía, pues estaban completamente agotados en todas las partes en que pregunté. ¿Quién se habría imaginado que un simple palo de madera podría desatar tal fiebre consumista? Después supe que esta escasez es estacionalmente recurrente, pues en noviembre todo el mundo se pone a hacer el tradicional pie de calabaza. (¿Qué harán con los usleros del año pasado, me pregunto yo?). Así es que obligados a recurrir a una noble botella de vino. Y finalmente llegó el día del evento. Con todos los elementos reunidos y la masa previamente preparada y refrigerada, con Jc -que gracias al cielo se apiadó de mí y se ofreció a ayudarme- nos pusimos a trabajar a las 11am. Después de comprobar que mis habilidades uslereantes dejaban mucho que desear (el grosor del par de hojas que amasé se medía más en inches que en milímetros) decidimos que lo mejor era que cada uno trabajara con el instrumento más acorde a su capacidad muscular: él con la botella y yo con el tenedor. Así es que mientras él uslereaba, cortaba y transportaba las hojas, yo las aportillaba y las metía y sacaba del horno. Tres horas y 22 capas más tarde paramos para almorzar. Hasta ahí todo iba bien, así es que con optimismo comenzamos la segunda etapa: relleno y montaje. Pero a poco andar me bajó el pánico de que el manjar no iba a alcanzar. ¿Qué hacer? ¿Cómo sortear este nuevo obstáculo? Literalmente corrí donde el etiope a comprar medidas de salvataje: leche condensada, crema y una salsa de butterscotch, bastante parecida al manjar en apariencia. Primero pensamos cocer la leche condensada y hacer manjar artesanal, pero según Internet en olla normal había que hervirlo por 4 horas! Descartado. Así es que optamos por echarle más agua a la sopa y hacerlo rendir con crema. A las 6pm nuestra obra estaba terminada. ¡Justo a tiempo! Incluso nos quedaba media hora para arreglarnos y partir. Pero a los 5 mins suena el teléfono: El Alumno preguntando si íbamos a ir a la cena. Resulta que nos habíamos equivocado y la cosa era a las 5:30pm y todos nos estaban esperando para servir la comida. Así es que chao no más con la ducha, el brushing y la manicure. En dos segundos nos cambiamos y partimos corriendo y cual cenicienta -pero más transpirados- hicimos nuestra entrada triunfal con la flamante torta de milhojas en la mano. Pero la moral se nos vino al suelo cuando se nos ordenó depositarla en una mesa rebalsada de miles de otros postres mucho más coloridos y exuberantes. Qué humilde y acomplejada se veía la pobre… fiel representante de la personalidad nacional. Yo pensé lo triste que sería que nadie la probara y que nos la tuviéramos que llevar intacta de vuelta a la casa, después de todo el titánico esfuerzo. ¡Qué equivocada estaba! Después de la fastuosa cena, que fue precedida por la petición del dueño de casa de que cada uno de los invitados –como 15 personas, entre ellos varios extranjeros (dos franceses, un inglés, una sudafricana, dos chilenos), su mamá, y algunos gringos de la costa oeste que no pudieron viajar a ver a su familia- diera gracias por algo que le hubiera pasado el último año (las razones más pintorescas fueron una separación, un divorcio, un lavavajillas y una greencard)- vino la temida hora de los postres. El Alumno tomó la palabra y señalando nuestra torta explicó a la concurrencia que se trataba de un “typical chilean pie”. Yo me vi en la obligación de decir algo al respecto, así es que tímidamente expliqué que el “pie” estaba relleno con dulce de leche. Tras pronunciar estas palabras todos los que estaban cerca se dieron vuelta y exclamaron emocionados: “Ohhhhh! Dulcei dei leichei!”. Fue como decir ábrete sésamo. Yo misma la corté y la repartí así es que me consta que no quedó nadie sin probarla. Y a pesar de que la obsesión gringa por lo políticamente correcto siempre produce cierta desconfianza respecto a la veracidad de sus reacciones, esta vez podría asegurar que la torta fue todo un éxito. La mejor prueba: casi no quedó nada. ¿Qué mejor recompensa?